Suelo recordar cada tanto esta antigua historia que es breve pero llena de sabiduría. La recuerdo cada vez que me ofendo por cosas aparentemente injustas. A través del tiempo he conocido varias versiones de la misma... esta es la mía.
Cierta vez un respetable samurái se presentó ante un sabio zen que estaba meditando en soledad. Lleno de inquietudes le interrogó acerca de la existencia del cielo y del infierno para finalmente preguntarle si sabía cuáles serían las llaves que abren sus puertas.
El sabio se mantenía en la misma postura, inmutable, cuando las preguntas terminaron miró despectivamente al samurái que se había sentado a unos pasos frente a él y le dijo - Vete!, no tengo tiempo para responder semejantes tonterías.
El sorprendido hombre pensó que quizás el monje no lo había reconocido y se presentó como un jefe guerrero muy respetado en la región. Lo que motivó una nueva mirada del sabio que le retrucó con desprecio: - No creo que seas un samurái y menos un jefe, más bien pareces un pordiosero.
El Samurái profundamente ofendido y humillado reaccionó con la destreza que le es habitual a esa clase de guerrero, desenvainó su espada en medio de un alarido de furia y cuando el filo estaba cerca del anciano este levantó la mano y lo señaló con el índice diciendo en voz alta. - Ese!… ese tipo de actitud es la llave que abre las puertas del infierno.
Inmediatamente el samurái comprendió y envainó la espada en un rápido movimiento inclinándose avergonzado por su actitud. Entonces el sabio, en un tono apacible, le dijo. - Y actitudes como esas... suelen ser las que abren las puertas del cielo.
Cierta vez un respetable samurái se presentó ante un sabio zen que estaba meditando en soledad. Lleno de inquietudes le interrogó acerca de la existencia del cielo y del infierno para finalmente preguntarle si sabía cuáles serían las llaves que abren sus puertas.
El sabio se mantenía en la misma postura, inmutable, cuando las preguntas terminaron miró despectivamente al samurái que se había sentado a unos pasos frente a él y le dijo - Vete!, no tengo tiempo para responder semejantes tonterías.
El sorprendido hombre pensó que quizás el monje no lo había reconocido y se presentó como un jefe guerrero muy respetado en la región. Lo que motivó una nueva mirada del sabio que le retrucó con desprecio: - No creo que seas un samurái y menos un jefe, más bien pareces un pordiosero.
El Samurái profundamente ofendido y humillado reaccionó con la destreza que le es habitual a esa clase de guerrero, desenvainó su espada en medio de un alarido de furia y cuando el filo estaba cerca del anciano este levantó la mano y lo señaló con el índice diciendo en voz alta. - Ese!… ese tipo de actitud es la llave que abre las puertas del infierno.
Inmediatamente el samurái comprendió y envainó la espada en un rápido movimiento inclinándose avergonzado por su actitud. Entonces el sabio, en un tono apacible, le dijo. - Y actitudes como esas... suelen ser las que abren las puertas del cielo.
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